Domingo suspira en mi cuello, dándome escalofríos, mientras observo el cielo, cuando baja el sol. Tras mi susto por no percibirlo se sienta junto a mí, y comenzamos a charlar.
Le pregunté: ¿donde se esconde la felicidad cuando asoma el dolor, el lamento, la desesperación? Y me dijo que no conoce la felicidad, que no podía responderme.
Tuvimos una larga conversación, a la cuál no le presté mucha atención. Hundida en mis pensamientos, inconcientemente dejé escapar un par de lágrimas. Domingo sonrió subjetivamente.
Al mirar al cielo, ignorando la razón, recordé el día en que el sol se pintó de rojo, y seguí reflexionando…
Cuando Domingo está triste el ocaso se pinta rojizo, cuando Domingo llora, el atardecer esta amarillento, pero nunca descubrí el poniente lluvioso.
Tras un largo silencio, Domingo me volvió a observar, y me preguntó inocentemente por qué estaba llorando. Aunque se que el ya sabía porque. No le contesté, y luego me dijo que cuando el reloj suene para despedir a Domingo, entendería a la persona por la que lloraba. Me burlé de él, pero se que Domingo no se equivoca, nunca se equivoca. Y, abatida, le susurre que esa persona solo es un hermoso recuerdo al cual guardo para mi misma en el fondo de mi corazón.
Después de los últimos latidos del cielo rojizo, se detiene todo, se congela. Como si por unos instantes el mundo se viviera en cámara lenta. Son tan solo diez inevitables minutos que duran una eternidad.
Domingo se eleva, se queda en silencio, pero se que por dentro grita, blasfema inútilmente… Clama con tanta aflicción que solo pocas personas podemos comprenderlo. Y cuando finalmente cesa, mi vista recorre el alrededor, para confirmar que ya es de noche. Por suerte la peor parte es esa. Entonces Domingo desaparece por unos instantes.
Tras un breve lapso regresa a mi lado, suspirándome nuevamente, y lamentándose.
Se que Domingo me hace demaciado mal al jugar conmigo. Pero el también sufre, y en el fondo lo quiero mucho…
Domingo se burla de mí, me lastima, y, simultáneamente seca mis lágrimas y me abraza tiernamente bajo el cielo estrellado y el dulce cántico nocturno.
A media noche seguía mirando el cielo, Domingo ya se había ido.
Solo dejé en claro que ya las cosas cambiaron, y Domingo no es el de antes, ahora me traiciona mucho más, cambió demasiado.
Por eso las puestas de sol son más melancólicas, más vacías. Y mis lágrimas son por rechazo. Solo por ser Domingo…
B.R /2007
Fragmento de INMORTALIDAD

Repito una vez mas, esto solo son crónicas. De lo que me paso hace mucho tiempo, no esperen poesía, en la vida no la van a encontrar, la crea uno mismo a lo largo de su camino. También es predecible, la vida lo es, como muchas personas, y resulta obvio lo que pasara.
El día que reencontré a Marco
El día que reencontré a Marco
Me senté a los pies de la cama como tantas veces hice estúpidamente anonadada.
-hola- murmuró, no le respondí – estas muy diferente- añadió. Estiró su mano y me toco el rostro, y siguió, -estas helada y muy pálida, tus ojos cambiaron y…-
Lo interrumpí con una mirada seca, típica de mi, solo pude decirle:- ¿para que hablas si ya lo sabes todo?…- fue agresivo, me dijo: -ya se- luego sonrió.
Se levanto de la cama, y se puso una camisa negra que se encontraba en una silla muy próxima, sobre su remera de Batman (la cual siempre me cuso gracia a mis adentros). Entonces volvió en dirección mía, y se arrodillo enfrente. A continuación me tomo de las manos haciéndome recordar un sueño pasado, solo me dijo: - te extrañe- y me abrazo, corrió su cabeza de tal forma que su cuello quedo descubierto ante mi boca. No era muy alto, pero yo tampoco lo era, siempre bromeábamos con eso. Pero en ese momento y en esa circunstancia ya no hizo falta pensar en nada más.
Es que sabía tanto como yo lo que iba a pasar. Era una promesa que tiempo atrás hicimos sin esperar que llegara algún día esa ensoñación.
Me abrazo con más fuerza, y por más que me hubiese resistido no podría haberlo hecho. No hace falta describir su olor embriagador, la pasión que alguna vez sentí, fomentada a este punto, la fuerza de tirarme sobre el, se transformo todo eso en una congoja dentro mío.
Finalmente como era de esperar hundí mis colmillos en su cuello y un pequeño gemido surgió de sus labios. No obstante comenzaron a acelerarse sus latidos contra mi pecho, eso también me llevo a un sueño pasado, y recordé su primer abrazo, y esa noche mágica q nos besamos por primera vez, todo en ese mismo lugar. Sus latidos me obsesionaban, eran como una bomba que retumbaban en mi interior, cada vez mas fuerte, y un mar de recuerdos que ya quedaban grabados en mi memoria se revolvían en ese período, como el cielo antes del Apocalipsis.
Esos latidos tan deseables empezaron a disminuir, y tuve que alejarme, fue un gran reto, me costo demasiado. Jamás había sentido cosa semejante al beber de alguien. Era diferente y eso me causaba cierta aflicción, (ya que lo amaba).
El estaba por perder el conocimiento, apenas pudo entreabrir sus ojos para observarme lejanamente. Una parte mía, no podía soportarlo. Rasgue la piel de mi muñeca con mis colmillos hasta encontrar una vena, la cual rápidamente explotó y manó una increíble cantidad de ponzoña la cual todos llaman mi sangre. No tuve más opción que ofrecérsela, luego pensé si me podía haber negado después de haber llegado hasta ese punto.
Pero incluso en ese momento, donde el bebía de el y perdía fuerzas, le regalaba la inmortalidad como condena, en verdad no puedo explicar esa sensación. Se aferraba más hacia mí, haciendo interminable ese momento. Ni en mi vida mortal había gozado ese placer, era algo más que físico, lo superaba todo
-Marco…- susurré, pero no pareció ni escucharlo, al contrario se aferraba cada vez más y más. Con las pocas fuerzas que me quedaban logre apartarlo de mi. Quedé demasiado débil, sedienta. Casi pierdo el conocimiento. Se asemejó a una utopía, pero sanguinaria, infausta.
Fue demasiado doloroso ver la muerte de Marco, se me nublaron los ojos de lágrimas de sangre. Intente mirar el alrededor, los pósters pegados en las paredes, en el ropero, las guitarras, las repisas con adornos tratando de encontrar a Franky, pero no podía pensar en otra cosa que no sea en su muerte.
Su semblante empalideció en pocos segundos, crecieron aquellos colmillos, gemía de dolor en el piso mientras yo lo observaba desde mi lugar, sentada contra la ventana, en su cama y aferrada a mis rodillas. Intentaba recuperar fuerzas.
Sus ojos cambiaron, que hermosa mirada surgió del rostro de Marco. Rápidamente luego de la transformación se puso de pie, me tomó de la mano y me dijo con perspicacia que ya podíamos irnos. Dude en su tono. Sabia que tarde o temprano me volvería a dejar, pero no me importaba, éramos inmortales, y tenía tiempo para pensar. Siempre seriamos jóvenes adolescentes.
Me llevo hacia la ventana, con un solo movimiento (levantándome de la cintura) y saltamos desde el techo. Había luna llena, como en los viejos tiempos. Comenzamos a alejarnos, hasta que solo éramos parte de la misma noche. Esa noche que mas tarde pintaríamos de escarlata.
No me arrepiento de nada, porque yo sabía muy bien que me iba a volver a dejar
B.R
Enero/2008
Enero/2008

CUATRO JINETES, DIEZ CERVEZAS Y UN UNICORNIO MUERTO
Por Frank The Bunny
Destapé la décima cerveza, le di un trago largo y caminé sin tambalearme hasta la ventana. La luz de la calle seguía parpadeando, las sirenas sonaban a lo lejos, por momentos un resplandor, extraño, rojizo, brillaba en el cielo, autos abandonados, un camión verde en la esquina con cinco tipos con armas y mascaras raras, la vecina gorda muerta en mitad de la calle después de haber saltado de la terraza, su perro aullando al lado, el tipo del quiosco de enfrente asomado como yo a la ventana…
Suspiré. Estaba aburrido… Cansado… Todo el asunto del Fin del Mundo me había hinchado las pelotas. Demasiado escándalo. Encima esa era mi última cerveza… Cuando la terminara ya no habría más y no iba a poder salir a comprar otra…
El del quiosco, con los ojos muy abiertos, me señaló a los del camión verde. Lo ignoré y cerré las cortinas. Hacia ya un par de días que venía jodiendo con rebelarse a los militares o lo que carajo fueran…
-Que se curtan todos- pensé y me dirigí al sillón. La tele estaba muerta y tenía aun el souvenir de nuestra última pelea. La pata de una silla estaba incrustada en la pantalla.
La luz se iba y venia, por eso tenia velas por todos lados… Cuando se armó el caos fui uno de los primeros en llegar al supermercado: tengo el don de presentir cuando la gente se va a volver idiota… me gasté lo que me restaba del sueldo en cervezas y velas… Después me entere que todos saquearon el lugar… No es que me molestara gastar mis 70 pesos… Pero podría haber tenido mas bebida…
Trate de relajarme… No pude.
La sirena seguía sonando a lo lejos. Insoportable.
Me acordé que tenía pilas guardadas. Las busque y se las puse al equipo de música. La radio hablaba de nuevas explosiones y muertes en… La saqué, puse mi cd preferido y subí el volumen… Jim Morrison grito por los parlantes. Brinde, en soledad, por eso.
Entonces apareció ella.
Golpeó suave y es raro pero la escuché…
Agarré una de las botellas vacías y la golpeé con fuerza contra el borde de la mesa. Caminé hasta la puerta decidido a enfrentarme al que me viniera a decir que bajara el volumen….
-Que se curtan todos…
Abrí y la ví. Tenía el pelo largo y morocho, era pálida, tetas grandes, labios rojos y ojos inquietos. Tenía una bata como la que usan los enfermos en los hospitales pero más corta, no tenia corpiño y llevaba en la mano una mochila de motivo infantil, con el dibujo de un conejo.
-Yo podría salvarlos a todos- dijo muy segura de si misma.
Tenía zapatillas de lona gastadas, desatadas y medias a rayas blancas y negras que le subían hasta un poco por encima de las rodillas.
-Además tengo esto…- siguió. Abrió la mochila y me mostró el interior. Había licores, una botella de whisky y muchas latas de cerveza.
Intercambiamos sonrisas y entró.
No le pregunte como es que los del camión de la esquina la dejaron pasar. Destapo el whisky. Yo agarre una de las latas.
Estaban frías y el calor era sofocante.
Lo primero que hizo fue bailar. Se subió al sillón y empezó a moverse al ritmo de los Doors con una gracia particular.
No probó una gota del whisky, sino que para mi sorpresa se vació media botella encima. La bata se le pegó al cuerpo.
Me hizo señas y me acerqué… Bailé con ella y por primera vez no me sentí torpe.
Me tomó con suavidad de la mano y sentí mucha intimidad en ese acto… Ella se rió con timidez y volcó lo que quedaba de la botella sobre mí… Sentí calor. Mucho. Me tome la lata de cerveza de un trago.
Se acercó y susurró en mi oído:
-Soy un conejo… Los conejos vamos a sobrevivir al Apocalipsis… Los conejos somos inmunes al fuego… El mundo quedara habitado solo por conejos… Va a ser divertido…
Era lo más coherente que había escuchado en meses.
-¿Sabés por que empezó todo esto?
Negué con la cabeza mientras empezaba a acariciarla.
-Un tachero atropello a un Unicornio en la 9 de Julio… Después de eso bajaron los cuatro jinetes…
Con lentitud se recostó en el sillón y me arrastró con ella.
-Tacheros de mierda- dije solo por decir algo, mientras ella empezaba a frotarse contra mi- Son todos unas psicópatas…
Ella me miro fijo a los ojos y largo una carcajada suave.
-Tacheros de mierda…- repitió y empezó a acariciarme- Yo podría salvarlos a todos… Conozco el secreto…
La besé a través de la bata, el whisky me lastimaba los labios.
-¿Por qué no te importa?
Mientras lo decía me volvió a morder, me clavó las uñas. Sangré.
Acaricié sus piernas hasta llegar a los muslos. Nos besamos con pasión.
-¿Por qué no estás salvándolos si es que podés?- susurré a su oído, sonriendo.
Ella me miró casi indignada. Se mordió el labio inferior con fuerza, con deseo. Pronto su sangre se mezcló con la mía. Sin sacarse la bata se sacó la ropa interior, con furia, enojada por mis palabras, desafiante.
La música parecía aumentar de volumen.
Sentí su humedad, ardiente.
Comenzó a cabalgarme sin despegar sus ojos de los míos. Con fuerza, gimiendo.
-Te escapaste del hospital neuro-psiquiátrico que hay a dos cuadras- le dije mientras mi cuerpo era invadido por pequeños temblores…
Ella aumento el ritmo.
-Y vos aún pensás en la última chica que te dejó… Te destruyó…
La recorrí con mis manos, extasiado, perdiendo consciencia y siendo consciente de todo.
Ella se estiró hasta agarrar una de las velas encendidas. La acerco a mi, mientras ambos reíamos.
Las llamas cobraron vida al instante. Para el acto final ella se pegó a mi cuerpo y volvió a acelerarse.
Ambos gritamos.
En los últimos instantes, por encima de la música, pude escuchar disparos y a mi vecino gritar algo acerca de la libertad. Puede ver como ella se separaba de mí, victoriosa: las llamas no habían saltado a su cuerpo.
Los dos susurramos algo al unísono.
-Que se curtan todos…
Cerré los ojos. Ví un lugar lleno de conejos que saltaban de un lado a otro.
Fue lo último que ví.
Y fue tan aterrador como hermoso.
Por Frank The Bunny
Destapé la décima cerveza, le di un trago largo y caminé sin tambalearme hasta la ventana. La luz de la calle seguía parpadeando, las sirenas sonaban a lo lejos, por momentos un resplandor, extraño, rojizo, brillaba en el cielo, autos abandonados, un camión verde en la esquina con cinco tipos con armas y mascaras raras, la vecina gorda muerta en mitad de la calle después de haber saltado de la terraza, su perro aullando al lado, el tipo del quiosco de enfrente asomado como yo a la ventana…
Suspiré. Estaba aburrido… Cansado… Todo el asunto del Fin del Mundo me había hinchado las pelotas. Demasiado escándalo. Encima esa era mi última cerveza… Cuando la terminara ya no habría más y no iba a poder salir a comprar otra…
El del quiosco, con los ojos muy abiertos, me señaló a los del camión verde. Lo ignoré y cerré las cortinas. Hacia ya un par de días que venía jodiendo con rebelarse a los militares o lo que carajo fueran…
-Que se curtan todos- pensé y me dirigí al sillón. La tele estaba muerta y tenía aun el souvenir de nuestra última pelea. La pata de una silla estaba incrustada en la pantalla.
La luz se iba y venia, por eso tenia velas por todos lados… Cuando se armó el caos fui uno de los primeros en llegar al supermercado: tengo el don de presentir cuando la gente se va a volver idiota… me gasté lo que me restaba del sueldo en cervezas y velas… Después me entere que todos saquearon el lugar… No es que me molestara gastar mis 70 pesos… Pero podría haber tenido mas bebida…
Trate de relajarme… No pude.
La sirena seguía sonando a lo lejos. Insoportable.
Me acordé que tenía pilas guardadas. Las busque y se las puse al equipo de música. La radio hablaba de nuevas explosiones y muertes en… La saqué, puse mi cd preferido y subí el volumen… Jim Morrison grito por los parlantes. Brinde, en soledad, por eso.
Entonces apareció ella.
Golpeó suave y es raro pero la escuché…
Agarré una de las botellas vacías y la golpeé con fuerza contra el borde de la mesa. Caminé hasta la puerta decidido a enfrentarme al que me viniera a decir que bajara el volumen….
-Que se curtan todos…
Abrí y la ví. Tenía el pelo largo y morocho, era pálida, tetas grandes, labios rojos y ojos inquietos. Tenía una bata como la que usan los enfermos en los hospitales pero más corta, no tenia corpiño y llevaba en la mano una mochila de motivo infantil, con el dibujo de un conejo.
-Yo podría salvarlos a todos- dijo muy segura de si misma.
Tenía zapatillas de lona gastadas, desatadas y medias a rayas blancas y negras que le subían hasta un poco por encima de las rodillas.
-Además tengo esto…- siguió. Abrió la mochila y me mostró el interior. Había licores, una botella de whisky y muchas latas de cerveza.
Intercambiamos sonrisas y entró.
No le pregunte como es que los del camión de la esquina la dejaron pasar. Destapo el whisky. Yo agarre una de las latas.
Estaban frías y el calor era sofocante.
Lo primero que hizo fue bailar. Se subió al sillón y empezó a moverse al ritmo de los Doors con una gracia particular.
No probó una gota del whisky, sino que para mi sorpresa se vació media botella encima. La bata se le pegó al cuerpo.
Me hizo señas y me acerqué… Bailé con ella y por primera vez no me sentí torpe.
Me tomó con suavidad de la mano y sentí mucha intimidad en ese acto… Ella se rió con timidez y volcó lo que quedaba de la botella sobre mí… Sentí calor. Mucho. Me tome la lata de cerveza de un trago.
Se acercó y susurró en mi oído:
-Soy un conejo… Los conejos vamos a sobrevivir al Apocalipsis… Los conejos somos inmunes al fuego… El mundo quedara habitado solo por conejos… Va a ser divertido…
Era lo más coherente que había escuchado en meses.
-¿Sabés por que empezó todo esto?
Negué con la cabeza mientras empezaba a acariciarla.
-Un tachero atropello a un Unicornio en la 9 de Julio… Después de eso bajaron los cuatro jinetes…
Con lentitud se recostó en el sillón y me arrastró con ella.
-Tacheros de mierda- dije solo por decir algo, mientras ella empezaba a frotarse contra mi- Son todos unas psicópatas…
Ella me miro fijo a los ojos y largo una carcajada suave.
-Tacheros de mierda…- repitió y empezó a acariciarme- Yo podría salvarlos a todos… Conozco el secreto…
La besé a través de la bata, el whisky me lastimaba los labios.
-¿Por qué no te importa?
Mientras lo decía me volvió a morder, me clavó las uñas. Sangré.
Acaricié sus piernas hasta llegar a los muslos. Nos besamos con pasión.
-¿Por qué no estás salvándolos si es que podés?- susurré a su oído, sonriendo.
Ella me miró casi indignada. Se mordió el labio inferior con fuerza, con deseo. Pronto su sangre se mezcló con la mía. Sin sacarse la bata se sacó la ropa interior, con furia, enojada por mis palabras, desafiante.
La música parecía aumentar de volumen.
Sentí su humedad, ardiente.
Comenzó a cabalgarme sin despegar sus ojos de los míos. Con fuerza, gimiendo.
-Te escapaste del hospital neuro-psiquiátrico que hay a dos cuadras- le dije mientras mi cuerpo era invadido por pequeños temblores…
Ella aumento el ritmo.
-Y vos aún pensás en la última chica que te dejó… Te destruyó…
La recorrí con mis manos, extasiado, perdiendo consciencia y siendo consciente de todo.
Ella se estiró hasta agarrar una de las velas encendidas. La acerco a mi, mientras ambos reíamos.
Las llamas cobraron vida al instante. Para el acto final ella se pegó a mi cuerpo y volvió a acelerarse.
Ambos gritamos.
En los últimos instantes, por encima de la música, pude escuchar disparos y a mi vecino gritar algo acerca de la libertad. Puede ver como ella se separaba de mí, victoriosa: las llamas no habían saltado a su cuerpo.
Los dos susurramos algo al unísono.
-Que se curtan todos…
Cerré los ojos. Ví un lugar lleno de conejos que saltaban de un lado a otro.
Fue lo último que ví.
Y fue tan aterrador como hermoso.
De: Bunny Zombie
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